PREGUNTAS FRECUENTES

¿Cuál es el significado del objeto de veneración dentro del Budismo de Nichiren Daishonin?

Literalmente, honzon es «objeto de respeto fundamental». Go es un prefijo honorífico.

El hon de honzon connota la verdadera base de la vida y del universo; mientras que zon connota veneración y reverencia hacia dicha base.

Hay toda clase de objetos en los cuales recae devoción de las personas; en ciertas religiones, se venera a determinados animales, como caballos o serpientes. Sin embargo, Nichiren Daishonin dijo: «Todas estas escuelas se equivocan de raíz en lo que respecta al verdadero objeto de veneración. Por ende, si uno abraza como objeto de respeto fundamental algo que no constituye la base del universo, todo saldrá de su cauce normal y degenerará en una situación de desorden. Por ejemplo, hay personas que depositan su respeto fundamental en cosas como el dinero, los medios de comunicación, la ciencia y la tecnología, o los títulos universitarios. Otros dejan que su vida gire en torno a sus padres o a su pareja. El Budismo de Nichiren Daishonin toma como objeto de veneración fundamental el estado de vida de la Budeidad, la esencia eterna de la vida. No es algo abstracto, pues se trata de nuestra propia vida. El Gohonzon reside en nuestro interior.

No hay práctica más sencilla que hacer el gongyo y el daimoku. No tenemos extrañas austeridades, podemos tomar contacto con el estado de Buda a través de una forma de practicar extremadamente sencilla. Como nuestra práctica budista transcurre en medio de la vida cotidiana, es fácil caer en la inercia y descuidarla. En ese sentido y por la continuidad, tal vez no haya práctica más difícil.

En el Budismo de Nichiren Daishonin, la Ley fundamental del universo es lo que se venera como objeto de respeto supremo. Esta Ley es, también, la esencia de nuestra propia vida. Esto tal vez sea un poco difícil de entender, pero cuando oramos al objeto de respeto fundamental -el Gohonzon-, comienza a funcionar el principio budista de la «fusión entre la realidad y la sabiduría». La «realidad objetiva» del Gohonzon y la «sabiduría» de nuestra mente se fusionan en el nivel más profundo y esencial. En otras palabras, en la oración se fusiona nuestra vida con la Ley suprema del universo.

Pensémoslo como los engranajes de un mecanismo de transmisión. Cuando un pequeño diente se encaja entre los de otro engranaje más grande, puede desplegar una tremenda fuerza que, de otro modo, estaría totalmente fuera de su capacidad. Del mismo modo, cuando sincronizamos el microcosmos de nuestra vida con el macrocosmos de la vida universal, podemos tomar contacto con una fuerza ilimitada que nos permite superar cualquier problema. Todas las deidades budistas -funciones protectoras del universo-, todos los budas y bodhisattvas de las diez direcciones se activan para que nuestros anhelos se traduzcan en un resultado positivo.

            Nam-myoho-renge-kyo es el sonido del gran ritmo universal, la usina de todas las actividades del universo. También es el corazón y la esencia del cosmos.

¿Qué hay con respecto a los que dicen que no quieren orar a un pedazo de papel impreso, porque un papel no puede tener el poder de resolver nuestros problemas?

Nuestro Gohonzon puede estar impreso, pero así y todo conserva su poder inherente. Un billete de 10 dólares está impreso, al igual que un diploma que certifica nuestro título profesional o que los documentos oficiales donde se nombra a los ministros del gabinete. Todos los documentos importantes están impresos, y cada uno de ellos conserva su poder específico.

El papel es una sustancia física, pero las palabras escritas en él son el espíritu y la esencia de Nichiren Daishonin. El Buda original del Último Día de la Ley inscribió, en la tinta del Gohonzon, su propia vida.

Yo, Nichiren, diluí mi vida y en ella impregné la tinta sumi con la cual inscribí este Gohonzon. Por eso, crea en él con todo su corazón.

El principio budista de la inseparabilidad entre la mente y el cuerpo nos enseña que lo físico y lo espiritual son una misma cosa. La vida se encuentra en la unión de ambos términos. El Gohonzon corporifica la vida del Buda. Cuando invocamos al Gohonzon, no estamos dirigiendo nuestras oraciones a una hoja de papel.

Los textos y libros también son papel impreso, pero al leer las palabras escritas sobre sus páginas adquirimos conocimientos, hacemos nuevos descubrimientos y hallamos nuevas ideas.

Un teléfono celular no sirve de nada sin estaciones centrales que transmitan las ondas de radio de un punto al otro. De la misma manera, el Gohonzon es una «estación central» que nos permite comunicarnos con el universo.



¿Cómo influyen la Ley de Causalidad y el “destino” en nuestra práctica?

Para la mayor parte de la gente, el destino es algo negativo; es una realidad grabada, fijada y decidida desde el pasado, e inamovible en el presente.

Sin embargo, el destino es acción. Dicho de otro modo, es la causa que generará un nuevo efecto futuro. Visto así, el destino se puede concebir como sinónimo de karma, de causa y de presente.

El destino no es pasado ni porvenir, sino la pura acción que se graba en el instante actual, la causa de condiciones futuras, creada por nosotros mismos.

Por lo tanto, la postura correcta frente al destino es observar qué causas estamos acumulando y qué acciones estamos realizando hoy. Detrás de este énfasis en el instante actual, lo que palpita es el profundo principio de la eternidad de la vida.

El budismo postula que la vida es un es un fluir eterno a través del pasado, presente y futuro, que jamás cesa ni se detiene. Entonces, la “acción” se traduce en la continuidad del karma: nuestra postura hacia el momento actual, día tras día, mes tras mes, determina la cualidad de esa energía perdurable que denominamos “destino”.

Qué pensé, qué dije, qué hice... Estas tres clases de acción continúan más allá de la vida y la muerte, pero lejos de ser categorías estáticas e inamovibles que limitan nuestra vida, son factores dinámicos que, de hecho, estamos modificando a cada minuto.

Comprender positivamente el destino será una tarea imposible mientras no tomemos conciencia de nuestra absoluta responsabilidad frente al presente y al mundo que nos rodea. Muchas veces, nos atormentamos pensando que el destino es un grillete del que jamás podremos liberarnos, pero ¿cuántas veces nos preguntamos, frente a nuestra propia conducta, cuál es la intención profunda de la acción que estamos realizando, cuál es el impacto de la repetición rutinaria a la cual nos entregamos cuando nuestras acciones carecen de objetivo o de conciencia, cuál es el rumbo hacia el cual, advertidamente o no, estamos encaminando nuestra vida?

Estas preguntas nos permiten cambiar totalmente el enfoque y ver que la base para la transformación del destino se asienta en tres pilares: energía vital, fortaleza y reflexión.

La energía vital que alienta cualquier proceso de revolución humana (como lo es cambiar el destino) se encuentra en la práctica de Nam-myoho-renge-kyo. Nichiren Daishonin dice que Nam-myoho-renge-kyo es como el rugido de un león. En efecto, la persona que se basa en la firme práctica de este sorprendente daimoku puede “abrir” la eternidad de la vida en el momento actual, puede sentir que su vida está “perfectamente dotada” de todo lo que necesita para ser feliz, y puede “revivir” la convicción en su libertad absoluta. Energía vital, entonces, es optimismo sin límites.

La fortaleza se refiere a la determinación esencial de cambiar uno mismo, y a la persistente seriedad de la acción frente a la tendencia negativa (que sería la visión superficial y errada del destino). El Gosho dice: “Si busca la iluminación fuera de usted mismo, toda buena acción o disciplina perderá significado. Por ejemplo, el pobre es   incapaz de juntar un solo centavo si se limita a contar la fortuna de su vecino, aunque lo haga noche y día”. Esto nos permite afirmar que, en principio, toda lucha para cambiar el destino es lucha frente a uno mismo. Como estos son los requisitos básicos para llevar una vida de propósito, donde cada cosa adquiere un luminoso sentido, es posible concluir que el destino es misión, y que la misión es fortaleza. No busquemos en otro lado ese estado inquebrantable de libertad al que todos estamos aspirando.

Por último, la reflexión es el proceso de observación cotidiana que comienza y termina en el propio corazón, sin dejarse influir por las circunstancias externas ni por el agobio del pasado. Reflexión es dominio de la propia vida, y esto nada tiene que ver con dejarse dominar por el destino.

Cuando sale el sol, desaparecen la noche y las estrellas. Cuando irrumpe la fe en nuestra vida, es como si asomara el sol y barriera con todos los fantasmas de la penumbra. Pero hacer surgir ese sol no es cuestión de tiempo ni es algo que dependa de la intensidad de la sombra que nos rodea.

Recordemos que, para el budismo, la causa y el efecto son simultáneos, y queNam-myoho-rengue-kyo encierra, en sí mismo, la causa y el efecto de la Budeidad. Sólo la fe, como rotunda expresión de nuestro espíritu, puede activar en nuestra vida esta maravilla que es la simultaneidad entre nuestra decisión de ser budas y el efecto de una vida incomparablemente feliz.



¿Cuál es el rol que juega la fe dentro de nuestra práctica budista?

La fe y la oración son usinas que ponen en marcha nuestro esfuerzo. Pero el esfuerzo es algo que nosotros mismos debemos hacer. Para cobrar el sueldo, uno primero tiene que trabajar. Del mismo modo, dentro de esta filosofía, las oraciones se concretan en la misma medida en que uno se esfuerza por hacer feliz a todas las personas, que es el deseo del Buda.

El Gohonzon, la Ley Mística, no tiene ninguna «obligación» de responder nuestras oraciones, porque no nos ha «pedido» que hagamos daimoku frente a él. Somos nosotros los que determinamos merecer el privilegio de orar al Gohonzon. Si sentimos gratitud por esta fortuna, nuestras oraciones se concretarán mucho más rápidamente. La fe es el secreto del desarrollo personal ilimitado. La fe es el principio más elemental del crecimiento, es poseer sólidas convicciones y un profundo enfoque hacia la vida.

Religión es aquello que busca enseñar los fundamentos sobre la vida y el universo. Sólo el hombre tiene capacidad de orar, acto de profunda solemnidad y de carácter sublime. Las personas instintivamente ansían protección para sí mismos y para sus seres queridos. Cuando este deseo se concentra con intensidad extraordinaria, se convierte en una oración. No a nivel lógico ni intelectual, la oración trasciende ambos planos. No es que la oración surgió a raíz de la religión, sino a la inversa.

Hacer daimoku al Gohonzon, fusiona directamente todas nuestras oraciones diversas con la realidad, basadas en la ley universal de la vida. El gongyo es una actividad diaria en la cual preparamos nuestra mente y nuestro corazón. Es poner en marcha el «motor». La fuerza de nuestra «usina» afecta drásticamente los resultados que obtenemos en el curso de la vida. La diferencia puede ser increíble.



¿Por qué hay algunas oraciones que no se concretan? ¿Y estas oraciones sin concretar también contribuyen a nuestro desarrollo humano?

En ocasiones, nuestra oración parece tardar un siglo en concretarse. O bien no se logra, a pesar de que hicimos daimoku con toda la pasión del mundo. Pero lo importante y lo que uno debe tener en cuenta es que hay que seguir invocando hasta que las oraciones se concreten. Ese daimoku sostenido y continuo nos da la oportunidad de examinarnos rigurosamente, y también de imprimir cambios positivos en nuestra vida diaria. Es como el trabajo: uno consigue un empleo y se presenta el día acordado, para comenzar. Pero no cobra el sueldo ese mismo día. O es también como la jardinería: uno planta un retoño y lo riega todos los días, pero tarda bastante tiempo en convertirse en el árbol soñado.

Los beneficios que recibimos a raíz de hacer daimoku al Gohonzon son de dos clases: visibles e invisibles. Los beneficios visibles implican una clara protección en  momentos de dificultad, o una rápida solución a un problema que estamos enfrentando. Por su parte, los beneficios invisibles son como el retoño que toma su tiempo hasta llegar a ser un árbol magnifico. Acumulamos buena fortuna poco a poco, y este crecimiento se vuelve ostensible sólo al cabo de los años. En la vida, lo que más importa es el beneficio invisible o intangible. Los beneficios inmediatos o visibles ayudan mucho, pero lo que realmente define nuestra vida es la victoria rotunda que uno obtiene a la larga.

Si uno riega ese retoño todos los días, mes tras mes, al cabo de las décadas tendremos un árbol sano, robusto y frondoso. Con esa misma dedicación seria y constante; uno va avanzando año tras año. Todas las cosas buenas son el producto de un esfuerzo tenaz y creciente. Uno no va a conseguir algo automáticamente después de sentarse a orar. Pero aunque las oraciones no se traduzcan en respuestas inmediatas, si uno sigue haciendo daimoku todos los días, estará haciendo la causa de un cambio muy notorio y profundo en el futuro. Sin excepción, todos podrán mirar hacia atrás y sentir que las cosas adoptaron el rumbo más positivo.

En el logro de un objetivo por el que estamos orando intervienen muchos factores. Pero si uno hace daimoku sinceramente con todo su corazón, podrá corregir la órbita de su vida y encausarla hacia un rumbo mucho más constructivo. Nuestras oraciones ejercen un impacto de largo alcance. Por ejemplo, puede que alguien esté orando para avanzar en los estudios o el trabajo, pero así y todo, el efecto de su oración se extenderá muchísimo más lejos y abarcará todo el espectro de su vida.

Pero, al margen de todo, es muy importante tener el deseo de sentarse ante el Gohonzon a hacer daimoku. Esto expresa, en sí mismo, nuestra determinación de mejorar, y justamente esta postura es lo que importa, porque demuestra nuestro humanismo y manifiesta nuestro noble deseo de lograr algo valioso con nuestra vida.



Por el hecho de no hacer un día el gongyo ¿Se invalida nuestra práctica?

Si alguna vez dejamos de hacer un gongyo, todos nuestros esfuerzos previos no se borrarán. No debemos preocuparnos por eso. Si vamos a llegar tarde a nuestras obligaciones cotidianas y no tenemos tiempo, no debemos sufrir porque no hemos podido hacer el gongyo. Más importante es saber que mientras tengamos fe sincera en el Gohonzon, la buena fortuna que estemos acumulando permanecerá siempre junto a nosotros.

Esto no equivale a decir que esté bien descuidar la práctica del gongyo. Si se instala en nuestra mente la idea de que no hace falta hacer el gongyo, nuestro corazón cada vez se alejará más de la oración. No obstante, como la fe existe dentro de la vida cotidiana, tampoco hay necesidad de llevar las cosas hasta el extremo de llegar tarde al trabajo por haberse quedado a hacer el gongyo.

Aunque estemos muy ocupados y no siempre tengamos tiempo de hacer gongyo, es importante que nunca abandonemos totalmente la práctica de la liturgia. Si lo hacen, la llama de la fe terminará apagándose en nuestro corazón. La oración nos hace sentir plenos espiritualmente, y eleva nuestra convicción hacia la vida, así que, sin duda alguna, es un tremendo beneficio para todos.



Cuando el tiempo nos apremia, ¿a qué deberíamos dar prioridad, al gongyo o al daimoku? Algunos tienen que levantarse temprano y dicen, que les resultaimposible hacer el gongyo...¿Es correcto no hacer el gongyo y sólo invocar daimoku?

Para dar un ejemplo, el daimoku sería el plato principal, mientras que el gongyo representa el acompañamiento. Aunque uno puede sentirse satisfecho con un solo plato, hace falta comer otras cosas para tener una dieta equilibrada y nutritiva.

Está bien ir desafiándose progresivamente con aumentos graduales y constantes. Lo importante es desarrollar una «fe como el agua», que fluye en forma constante e incesante. El gongyo y el daimoku son algo que hacemos por nosotros mismos. La práctica no es una obligación, sino un derecho. Nadie jamás nos exigirá que invoquemos daimoku: la fe yace en sentir agradecimiento por poder hacer la práctica. Cuando más nos esforcemos en la fe, en el daimoku y en el gongyo, más  beneficios podremos obtener y avanzar.

El Budismo existe para liberar a la gente, no para restringirla o limitarla a orar en un par de ocasiones un simple ritual vacío y falto de trascendencia. Esforzamos día tras día en la práctica equivale a una suerte de «entrenamiento espiritual», que purifica y limpia nuestra vida. Lo maravilloso de la fe es su capacidad de transformar el peor de los sufrimientos en la felicidad más grande que uno pueda imaginar, y de convertir los problemas más difíciles en una fuente de crecimiento y en cimiento de la grandeza humana: problemas hay y seguirá habiendo, de todas las formas y medidas. La fe significa trazarse metas, trabajar en pos de ellas y perseverar por concretarlas a todas, una por una.

Los que no tienen tiempo suficiente para hacer el gongyo o los que encuentran alguna dificultad ocasional para cumplir con esta práctica deben invocar daimoku. Si empleamos la alegoría de la comida, el daimoku seria el plato principal, y el gongyo es la guarnición que lo acompaña. Desde luego, lo más conveniente es hacer ambos, pero primero está el daimoku. Deberíamos invocar aunque sea un solo daimoku. Nichiren Daishonin dice que hasta un solo Nam-myoho-renge-kyo contiene infinitos beneficios.

Cada uno es responsable de su propio daimoku, así que nosotros somos libres de tomar las decisiones que creamos convenientes con respecto a cómo y a cuánto tiempo invocar. Por eso, hacerse del tiempo necesario para orar, a pesar del ritmo ajetreado, es justamente prueba de una seria dedicación a la fe. Cuando uno invoca, está grabando la causa de su propio triunfo. El daimoku obra en beneficio de uno mismo; incrementa la fuerza vital y agudiza las facultades mentales. También nos permite tomar contacto con la fortaleza interior que hace posible desplegar todo nuestro potencial y talento al máximo.

El logro de cualquier oración comienza con el esfuerzo concreto que uno decida aplicar en pos de ese objetivo. Si uno cree que las cosas saldrán tal cual uno decidió en sus oraciones, porque uno seguirá esforzándose hasta el final, entonces la mente se colma de esperanza y optimismo, y la convicción rebosante hace que las oraciones se traduzcan en respuestas sin falta. Al mismo tiempo, cuando uno hace daimoku puede ver qué esfuerzo hace falta realizar para tener éxito en los estudios y en la vida. Y esto es algo que uno ve tan claramente como el Sol alumbra la Tierra cada mañana. Por último, el daimoku nos da energía para seguir perseverando en pos de nuestros objetivos.



¿Cuál es la velocidad más conveniente para hacer el gongyo e invocar daimoku?

El gongyo y el daimoku no deben ser demasiado lentos ni demasiado acelerados. La voz no debe ser muy estruendosa ni demasiado baja, y el ritmo debe ser enérgico y sostenido. La velocidad del gongyo a veces depende de ciertos factores, como la edad del practicante, la hora o el lugar. Así que no debemos preocuparnos mucho pensando si la velocidad está bien o mal sino hacer el gongyo de la manera que les resulte más natural y cómoda. Uno de los pioneros de Soka Gakkai dijo, una vez, que debíamos hacer el gongyo con el ritmo de un caballo al galope.



¿Cuál es la postura física que hay que adoptar para hacer la práctica?

Está perfectamente bien sentarse en una silla o sobre el suelo, o acomodando las piernas de una forma que nos sea cómoda. Lo importante es sentarse ante el Gohonzon como si fuésemos a encontrarnos con el Buda original, Nichiren Daishonin, y que el  daimoku y el gongyo sean algo placenteros.



¿Es incorrecto cerrar los ojos cuando se hace daimoku o gongyo?

Lo mejor es mantener los ojos abiertos y enfocados en el Gohonzon. Por lo general, se considera una falta de educación no mirar a alguien a los ojos cuando se le está hablando. Figurativamente esto también puede ser válido cuando estamos frente al Gohonzon, haciendo el gongyo o el daimoku. Si de tanto en tanto se cierran los ojos no tienen por qué preocuparse, sólo tengan en cuenta que, con los ojos cerrados, es más difícil fusionarse intensamente con el Gohonzon. Desde luego, las personas con dificultades de visión hacen daimoku al Gohonzon que tienen en su corazón.



¿Dónde debemos centrar la vista cuando miramos el Gohonzon?

Lo que nos resulte más natural está bien. Podemos mirar los ideogramas de Nam-myoho-rengue-kyo, que están escritos de arriba abajo, en el centro, o el Gohonzon entero. Mirar el Gohonzon es como contemplar el universo, es como observarlo en su totalidad desde un punto panorámico.

El Gohonzon es una representación de la fuerza motriz y de la esencia universal. Por lo tanto, cualquier parte del Gohonzon que contemplemos es como estar mirando el universo entero. En tal sentido, no tiene mucha importancia adónde posamos la mirada. Pero es más fácil invocar si nos concentramos en el centro en el carácter myo.

En el «Ongi Kuden» (Registro de las enseñanzas transmitidas oralmente), el Daishonin dice con respecto a los cinco ideogramas de Myoho-renge-kyo: «Nuestra cabeza es myo, nuestro cuello es ho, nuestro pecho es ren, nuestro vientre es ge y nuestras piernas son kyo».

Miramos la parte del Gohonzon en que nos queda más cómodo fijar la vista. El Gosho tan sólo dice que debemos sentarnos erguidos; no dice dónde hay que mirar cuando uno hace daimoku. En su inmensa benevolencia, Nichiren Daishonin nos ha permitido invocar libremente, de la manera que nos resulte más natural y cómoda. Con su notable comprensión de la naturaleza humana, el Daishonin tomaba en cuenta la autonomía, la personalidad y las circunstancias de cada individuo; nos alentó siempre a practicar la fe con flexibilidad y libertad. Los que impusieron rituales y prácticas no descritos en el Gosho ni en el Sutra fueron los sacerdotes ambiciosos de los tiempos posteriores, en su intento de justificar su autoridad sobre los laicos.



¿Cuándo hacemos gongyo y daimoku, sentimos un torrente de fuerza vital, ¿Por qué sucede esto?

Haciendo gongyo y daimoku nuestra vida se fusiona con el universo. El gongyo mediante la fe hace que la fuerza vital del universo entero circule por nuestra vida individual. Si lo hacemos en forma regular, cada mañana y cada tarde, se fortalece la fuerza vital que sostiene nuestras actividades cotidianas.

Así que nosotros somos nuestro propio pequeño universo.

El cerebro humano se compara con un universo  por su infinito potencial, y la clave está en cómo extraer dicho potencial. La Ley Mística es esencia y origen de todas las demás leyes y principios, que existentes tanto en el reino material como en el mundo espiritual, es invisible y sin embargo, existe sin ninguna duda. Nichiren Daishonin reveló el Gohonzon, para que podamos tomar contacto con la fuerza de la Ley Mística y manifestarla en nuestra vida.

Cuando hacemos gongyo y daimoku al Gohonzon, nuestra vida armoniza perfectamente con el universo. Nuestra vida y el universo se fusionan como engranajes que encajan con perfecta precisión, y comenzamos a movernos en dirección a la felicidad y la plenitud, manifestando la energía, la sabiduría y la buena fortuna que nos permiten remontar cualquier problema o sufrimiento, podemos quebrar cualquier situación de estancamiento.



A algunos les cuesta poner la mente en el Gohonzon cuando hacen daimoku. Se distraen, y la mente se les pierde en pensamientos. ¿Qué pueden hacer?

Lo que hay que hacer es compartir todos esos pensamientos con el Gohonzon, a medida que nuestra fe se desarrolle, veremos que cada vez nos es más fácil concentrar la mente cuando invocamos.



¿Está bien hacer daimoku principalmente por nosotros mismos?

Es natural que las oraciones se centren en sus propios deseos y sueños, si invocamos daimoku de una forma natural, sin reservas ni afectación, por lo que más ansiamos, con el tiempo iremos cultivando un estado de vida cada vez más amplio y noble. Somos libres de hacer daimoku por lo que queramos. Todo yace en nosotros. Hacer el gongyo y el daimoku no son obligaciones, sino un estupendo derecho que todos tenemos.



Una persona frente a un problema muy difícil a través de orar con toda sinceridad, al cabo de un tiempo, no vio ningún progreso. ¿En qué había fallado?

En el Budismo de Nichiren Daishonin, se dice que no hay oración que quede sin respuesta. Pero es muy distinto de pretender la gratificación instantánea de todos los deseos, como si el Gohonzon fuese mágico.

Hay oraciones que tendrán respuesta en forma inmediata; otras, no. Pero cuando miremos hacia atrás, nos daremos cuenta que todo salió de esa forma porque ése era el mejor desenlace  para nosotros. Nuestra fe se refleja en la vida cotidiana, en nuestras circunstancias reales. Una oración no tendrá respuesta si no hacemos los esfuerzos apropiados que nuestra situación requiere. Y por otro lado, el nivel de fe de cada persona es distinto.

Así que, aun cuando uno no obtenga resultados inmediatos, lo importante es perseverar en la práctica budista. Es poco realista pensar que uno podrá lograrlo todo de la noche a la mañana. Si cada una de nuestras oraciones hallara respuesta inmediata, acabaríamos dejando de esforzarnos, y seguramente se agravaría el problema. Sería como efectuar reparaciones superficiales en un edificio que se está desplomando, en lugar de solucionar el problema de raíz. Sólo se puede reconstruir algo sólido trazando primero cimientos bien firmes.

La fe nos permite transformar no sólo nuestros problemas cotidianos, sino también las bases mismas de nuestra vida. Mediante nuestra práctica budista, podemos desarrollar un sólido núcleo interior, y una reserva inagotable de buena fortuna.

Pase lo que pase, lo importante es seguir haciendo daimoku. Así podremos ser felices, sin falta. Aunque las cosas no salgan del modo que inicialmente habíamos imaginado, cuando luego miremos hacia atrás, comprenderemos, en un nivel mucho más profundo, que ese había sido el mejor resultado.

Por ejemplo, el beneficio visible puede darnos hoy de comer, pero nos dejará preguntándonos, con aprensión, de dónde saldrá la comida de mañana. En cambio, el beneficio invisible se asemeja más a una situación de gradual crecimiento económico, donde nunca más haya que pasar preocupaciones por la comida... ¡aun cuando, al    comienzo, pueda haber algún día con la nevera vacía!

La práctica budista es la forma de fortalecer, purificar y desarrollar nuestra condición interior, fortaleciendo nuestro estado de vida a través del daimoku. Cuando cambia nuestro estado interior, la mente y el cuerpo también se transforman y se llenan de energía, El daimoku carga las baterías, si no cargamos energía nos faltará en el momento en que más la necesitemos, y entonces nuestro entorno terminará venciéndonos.



¿Qué debe tener en cuenta para instalar el altar una persona que está por recibir Gohonzon?

El Gohonzon es la entidad de la vida de Nichiren Daishonin, el Buda Verdadero de los Últimos Días de la Ley. Recibirlo es como darle la bienvenida al Buda en su hogar, de modo que usted querrá ubicarlo en un lugar que sea el más apropiado para que se siente el Buda.

El altar budista o butsudan, es la casa del Gohonzon, la fuente de la felicidad y prosperidad para Ud. y su familia, de ahora en delante. Trate de adquirir (o construir) uno que sea la expresión adecuada de su sincero sentimiento hacia el Gohonzon. Sin embargo no hay necesidad de que sea extravagante o gaste más de lo que sus medios le permitan. A medida que usted comprenda la grandiosidad del Gohonzon naturalmente querrá dignificar el lugar donde está consagrado.

En lo que concierne a los accesorios del altar, por lo menos debe tener un florero para las ramas verdes, un quemador de incienso y un candelabro. Además, puede tener una campana, una copa para el agua y un plato para las ofrendas.



¿Por qué ofrecemos al Gohonzon agua, hojas verdes, velas e incienso?

Las ofrendas al Gohonzon son una expresión importante de nuestra fe y no deben descuidarse. Lo más importante al hacer estos ofrecimientos es nuestro deseo de expresar nuestra gratitud al Gohonzon.

Limpiar el altar y ofrecer agua fresca cada día, hacer ofrendas de ramas verdes y fruta y encender las velas y quemar incienso mientras hacemos gongyo e invocamos daimoku, son todas ofrendas al Gohonzon y dignifican el lugar donde está consagrado.
El ofrecimiento del agua, velas, incienso etc. representa la devoción a los Tres Tesoros: el Buda (Nichiren Daishonin), La Ley (Nam-myoho-renge-kyo) y el Sacerdote (Nikko Shonin). Uno puede utilizar ya sea un par de velas y dos floreros para el verde, o una vela y un florero. La tríada de verde, velas e incienso tiene varios significados simbólicos, incluyendo las Tres Verdades, las Tres Propiedades y los Tres Potenciales inherentes a la naturaleza del Buda. En cuanto a las Tres Verdades, las velas simbolizan la verdad de la no-existencia; lo verde, la verdad de la existencia temporaria, y el incienso, la verdad del Camino Medio. En las Tres Propiedades el incienso representa la propiedad esencial de la vida del Buda, o la propiedad de La Ley; las velas la propiedad espiritual iluminada del Buda o la propiedad de la sabiduría; y lo verde representa la propiedad física iluminada del Buda, o la propiedad del amor compasivo. En los Tres Potenciales inherentes a la naturaleza del Buda, el incienso representa La Budeidad; las velas, la sabiduría para percibirla, y lo verde, la capacidad para formar una relación con el medio ambiente que nos permita manifestarla.

La tradición del ofrecimiento de agua procede de La India, el lugar de nacimiento del Budismo. Como La India es un país caluroso, el agua fue considerada desde tiempos antiguos, como de gran valor, y era costumbre ofrecerla a los invitados. Más tarde llegó a ser ofrecida ante las tumbas y los altares budistas. En La Soka Gakkai, la copa de agua fresca es ofrendada al Gohonzon cotidianamente, antes del gongyo de la mañana, y retirada del altar antes del gongyo de la tarde.



¿Cuál es el significado particular de quemar incienso, y cómo debe usarse?

El incienso fue usado tradicionalmente para crear una atmósfera de pureza y fragancia frente al altar budista. El ofrecimiento de fragancias en presencia del Buda es mencionado frecuentemente en muchas escrituras budistas, incluyendo el Sutra del Loto.

En La Soka Gakkai, quemamos el incienso frente al altar durante el gongyo de la mañana y de la tarde como una expresión de sinceridad hacía el Gohonzon. La clase de incienso más comúnmente usado ahora, fue introducida durante el periodo Edo (1600-1868).

Se usa de uno a tres palillos, dependiendo de la medida de su quemador. El palillo de incienso, en otras religiones o escuelas de budismo, se quema en una posición erguida pero es una tradición del budismo de Nichiren Daishonin el poner el palillo de incienso en forma horizontal, con el extremo encendido mirando hacia la izquierda. Esta posición es compatible con el objetivo de crear una atmósfera de tranquilidad delante del altar, y posee al menos dos simbolismos importantes: el primero tiene que ver con que nuestra práctica expresa paridad o igualdad con el Gohonzon: no oramos ni rogamos a un hipotético ser supremo sino a la propia esencia de nuestra vida; otro simbolismo podría ser que, al quemar incienso de manera vertical, cuando caen las cenizas de disgregan o esparcen, mientras que cuando lo quemamos de manera horizontal las cenizas quedan conformando un “colchón” de esas mismas cenizas y de cenizas anteriores. Este simbolismo se relaciona con la Ley de Causalidad, por la cual toda causa produce su efecto y no existe efecto que no provenga de una causa.



¿Por qué se usan las ramas verdes en vez de flores u otras plantas?

Las flores son coloridas y agradables a la vista, pero pronto se marchitan y duran poco. Desde el punto de vista budista, representan la transitoriedad de todo fenómeno (Ley de Impermanencia) y por lo tanto, son juzgadas inapropiadas como ofrendas al Buda eterno cuya enseñanza conduce a todas las personas a la iluminación "por diez mil años y más". Las plantas ofrecidas ante el eterno y supremo Gohonzon deben expresar las virtudes de la eternidad y la pureza: las ramas verdes, entonces, con su perpetua vitalidad, son más apropiadas. En Japón, se usa un arbusto de hojas verdes aromáticas llamado shikimi. Sin embargo, cualquier rama verde cumplirá este propósito.



¿Cuál es el significado y el uso apropiado del juzu (rosario budista)? ¿Es necesario llevarlo consigo todo el tiempo?

La palabra japonesa juzu significa simplemente “un número de cuentas”. También son llamadas nenju. Nen significa meditar o tener en mente. Es decir que cuando nos enfrentamos al Gohonzon, el juzu nos ayuda a tener en mente los Tres Tesoros. Nichikan Shonin declara en “Los Tres Mantos de esta Escuela” que el juzu es un implemento para ayudar a los mortales comunes en su práctica budista.

El juzu de la Soka Gakkai tiene 112 cuentas excluyendo las que están en las borlas. Estas 112 cuentas representan los 108 deseos mundanos más los cuatro Bodhisattvas de la Tierra (que simbolizan la fortaleza de trabajar, eternamente, por la felicidad de todos los hombres. Estos Cuatro Bodhisattvas representan las Cuatro Virtudes de la vida del Buda: verdadero yo, eternidad, pureza y felicidad).

También se dice que estas cuentas reproducen la imagen del cuerpo humano: las tres borlas de la derecha representan la cabeza y los brazos; las dos borlas de la izquierda serían las dos piernas. En el cruce de ambas cuentas, en el medio, se ubicaría el ombligo. Ello significa que, abrazando el Gohonzon y dedicándonos a la invocación de Nam-myoho-renge-kyo podemos transformar nuestras ilusiones y sufrimientos desde el infinito pasado, tal como son, en alegría e iluminación. Cuando lo usamos, la parte con las tres borlas debe colocarse en el dedo mayor de la mano derecha, y la de las dos borlas en el dedo mayor de la mano izquierda, cruzados una vez, en el medio.

Las palmas unidas de las manos representan la fusión entre la realidad (nuestra vida) y la sabiduría (La Ley Mística). Los cinco dedos de cada mano en contacto serían la posesión mutua de los Diez Estados (ninguno de los Diez Estados existe en forma separada). Debemos tratar de evitar el frotar excesivamente las cuentas durante el gongyo y el daimoku.

Muchas personas llevan sus juzus todo el tiempo, pero no existe una regla fija y rigurosa sobre ello. Uno podría decir que es conveniente en el sentido de que teniéndolo, puede ayudar a elevar su conciencia, orgullo y sentido de responsabilidad como budista. Sin embargo, las circunstancias individuales difieren, y esto es algo que es mejor decidir caso por caso. Como en todo, lo importante es mantener la fe pura en el Gohonzon, y, sobre esa base, decidir qué hacer en cada situación.



¿Cuál es el significado de tocar la campana?

El capitulo Ho (primero) del Sutra del Loto dice: “...dioses y dragones, seres humanos y no humanos, continuamente ofrendan perfume y música”. Hay una mención frecuente en el Sutra del Loto y otras escrituras budistas en cuanto a que la música también fue usada como una ofrenda al Buda.

Similarmente, tocar la campana durante el gongyo sirve para alabar al Buda Verdadero y elevar el corazón con su hermoso sonido. Por lo tanto no debe sonar desagradable, sino de una manera placentera. No hay necesidad de preocuparse demasiado por ello; sólo tenga en mente este punto fundamental. Si usted vive en un departamento o con otras personas, sea cuidadoso de no tocar la campana muy fuerte como para perturbarlos.

En suma, las cuentas del juzu, el altar, el incienso y los demás elementos forman parte del «ritual» y están sujetas a cambios, según la época y el lugar, etc. Lo que nunca cambiará es la naturaleza dual de nuestra práctica: para uno y para los demás. La práctica para uno es hacer daimoku y gongyo con fe, la práctica para los demás implica transmitir a otras personas La Ley Mística.

Tomado de
27 preguntas y respuestas...
...para un algarrobo.

Material de estudio y diálogo utilizado durante las reuniones
 de “Grupo Algarrobo” SGI-Argentina, 1999.


 

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